jueves, 12 de diciembre de 2013


Por Jenny dela Fuente
Mi paz no significa nada, es un desierto lleno de cadáveres conocidos o no. Es una reminiscencia imborrable de sucesos que inmovilizan mi alma Hasta el día de hoy esa sensación se cuela por una herida que nunca sana: la quietud llena de fantasmas no es la tranquilidad esperada.
 Nunca supe por qué éramos diferentes,. A mis escasos siete años, sabía que mi familia creía en Dios. Desde antes de mis abuelos había una especie de ceremonia en diferentes horarios, especialmente en las comidas , en las que nunca habían camarones ni langostas así como crustáceos como cangrejos ni carne magra, esta última tenía que ser supervisada por el rabino desde su sacrificio hasta el final. Nuestro pan era muy diferente  en ciertas fiestas en las que danzábamos al unísono, aun así, era sin levadura. Aquel olor de nuestros dulces y comidas se habían apoderado de mi sangre, porque de verdad los sentía impregnado en mi propio ser.
  Mi nombre, ¡¡que importa!! Pero si eres curioso te lo diré:- soy Ezra.. tengo dos hermanos mayores Elí y Daniel. Uno es de piel trigueña, Daniel es parecido a mí con ojos claros, y pelo castaño.
   Nuestra cotidianidad, era simple reunirnos con otros, seguir las instrucciones del Torah dar nuestras ofrendas siempre substanciales, debido a la posición de mi padre, alguno que otro domingo íbamos de visita a ver a Tío Tobías en las afueras de la ciudad donde nos divertíamos grandemente.
   El día de mi presentación en la Sinagoga leí unas cuartillas del libro de Isaíah. Aquellas letras penetraron en mi tan profundamente que no pude evitar sentirme algo perturbado,. Ya tenía edad suficiente y leer entre letras no me fue difícil, había aprendido el hebreo desde chico....parte de este libro abrió una brecha en mi vida.
El tiempo transcurrió  y en nuestra casa los árboles continuaban creciendo, las mañanas volaban como gaviotas traviesas y  sin darnos cuenta nos transformamos de mozalbetes en hombres,. Mis padres eran sabios, cansados, principalmente mi padre aunque de complexión fuerte estaba cubierto como de un presagio, que como cortina transparente, lo cubría totalmente.
 Un día cualquiera, todo empezó desde otro lugar fue avanzando sin pensarlo. Teníamos la guerra encima, pero como todo lo terrible solo viviéndolo se cree. Nuestro negocio fue incautado, así como nuestras casas y joyas …quedamos con solo lo puesto. Como una propiedad ajena,  nos marcaron como reces. Aquellos que oraban asistiendo a los mismos lugares semanalmente lo hacíamos a escondidas,.
La Fe es una sensación de gloria que nos coloca un escudo en el cuerpo, aunque era casi imposible creer en algo viendo tantos muertos en las calles....sin brazos, ni piernas.. Heridos, clamando por una ayuda. Nos sentíamos impedidos para ayudarles. Los niños eran arrancados de sus padres..Corrían desorientados por las calles, harapientos, sucios respirando aquella atmosfera maloliente.
  Perdí de rastro a mi familia por completo. Estarían quizá en otro campo de incineración. En la barraca donde permanecí percibíamos ese olor diferente a humo con carne chamuscada...salitre...químicas, conjuntamente con el asco de los orines y heces fecales.
Transcurrió mucho tiempo sin calendario, sin realidad, sin meses, sin razonamiento, pero no dejé que me convirtieran en bestia, luché y mantuve mi dignidad, la dignidad de mi raza que sin ser raza formábamos un país imaginario por nuestra Fé.
   Vi caer los muertos…  gentes con fiebres extrañas, granos infectados, mordidas de ratas que penetraban en el obscuro nocturnal, diariamente, buscando mas torturas y victimarios. Defendíamos nuestras vidas de las enfermedades. Los soldados alemanes y ratas eran lo mismo finalmente, pero cada momento aparecía un nuevo modo de horror.
  Sabíamos de los experimentos con hombres, mujeres y niños todos desaparecían..Buscaban más y mas. Muchos volvieron dementes por completo, otros ciegos, los más afortunados eran incinerados con operaciones efectuadas en sus partes íntimas, su cráneo o muertos sin piel en sus cuerpos.
.-Allá… a los hornos!! - les decían, y en larga fila escoltados como asesinos del destino, eran arrojados en la negra boca siempre abierta de los incineradores.
  Un buen día llegó un pequeñuelo hambriento,. No tendría ni cuatro años, hablaba algo cómico, pero nos entendimos bien. Andábamos siempre unidos  hacía un espacio a mi lado para protegerlo en lo que podía. Comíamos a veces un pan duro, que encontraba en algún pasillo cerca de la basura, otras veces ni pan, solo un poco de agua sucia  afuera  de la cocina de los oficiales., otro día, alguna que otra papa semi podrida, por la que daba gracias a Dios.
 Sus pequeños piecitos solo tenían unas medias gruesas y muy sucias. Nuestra ropa apestaba muchísimo, los piojos no nos dejaban casi dormir. El pequeño estaba consumiéndose más y más, la desnutrición general crecía hasta parecernos fantasmas de hueso y pelo. Mi cuerpo poco a poco empezó a arder en fiebre, pero lo que importaba era aquel pequeño, que quizás alcanzara el día feliz.
  Tambaleándome,  casi por el piso mugriento, fui hasta la cocina mientras  todos estaban festejando en otra barraca. Podía escuchar  sus risas, sus carcajadas llenas de sadismo.
Sin preocuparme mucho por mi propia vida,  encontré unos chocolates que  quise llevar a mi amiguo el chicuelo que sentía mío sin ser su padre.
Pobre criatura. Robé los que pude y me dispuse a huir. Alguien disparó su arma  rozándome un brazo y penetrándome un pulmón.
Me arrastré con una fuerza   inimaginable a pesar del hambre que calaba mis huesos . Llegué a la barraca y le día chocolates al pequeño. Los demás los tiré sin fuerzas.....
Todo se fue alejando borrosamente. El se acercó sonriente, con su carita feliz...y me dijo:
-Gracias, no te duermas ahora, ¿te guardo un chocolate?
Moví mi cabeza asintiendo con ojos abiertos y de pronto sin vida quedaron con mis recuerdos..
Mientras… flotando, ya sin mi carne....me recordé de darle gracias a Dios, como un alma libre.

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